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Por Dr. Víctor Maldonado Santiago, Ph. D.

Cuando apenas se oían rumores de esta enfermedad, desde Occidente se miró a China con desdén.

La Muerte Roja

Foto: La Máscara de la Muerte Roja, de Edgar Allan Poe

Dr Victor MaldonadoOPINIÓN - “La Muerte Roja había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlatas en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora. Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas.” (Ciudad Seva, 2020), así inicia el cuento “La máscara de la Muerte Roja” (1842) de Edgar Allan Poe.

Posiblemente, Poe tomó como referencia algunas de las grandes pandemias que habían azotado al mundo hasta esa época, como la peste bubónica o el cólera. Hoy día, el COVID-19 sería el (pre)texto idóneo para uno de sus cuentos de horror.

En los pasados meses de 2020, se escuchaba que una nueva epidemia amenazaba con salirse de control a nivel mundial, el coronavirus. Se ha especulado que tuvo su origen en un mercado de animales exóticos para el consumo en Wuhan, provincia de Hubei, China, para el mes de diciembre de 2019. Como se desprende de diversas fuentes de información, al momento, ya se han confirmado más de 140,000 casos de contagios (aproximadamente 65,000 recuperados) y al menos 4,700 personas han fallecido, sin que se haya encontrado cura al presente. Por tal razón, la Organización Mundial de la Salud emitió la declaración de pandemia global, el pasado 11 de marzo de 2020.

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Cuando apenas se oían rumores de esta enfermedad, desde Occidente se miró a China con desdén. Semejantes al príncipe Próspero, muchos pensaron que ese asunto era un problema que la nación oriental debía resolver y tornaron la vista para el lado opuesto. Imaginaron que, a tanta distancia, sería imposible que tal calamidad les alcanzara. Se confiaron como el ingenuo gobernante.

Mientras tanto, silenciosamente, sin mucho alarde, el virus mortal ha traspasado límites territoriales de más de 120 países. Ahora, los líderes mundiales cancelan viajes internacionales, cierran fronteras y establecen periodos de cuarentena u otras medidas extraordinarias. La histeria se ha apoderado y la desesperanza impera entre muchos ciudadanos de mundo.

Al momento, la práctica correcta es la contingencia ordenada y sabia. No es hora de vaciar las tiendas de los productos de primera necesidad. Es tiempo de mesura, prudencia y solidaridad. De nada servirán las alacenas y gabinetes llenos de alimentos, medicamentos o artículos de higiene y salubridad, si los de otros se quedan desprovistos. Actuar como Próspero, el gobernante incauto, puede traer terribles consecuencias como las acaecidas a este personaje de ficción; pues, nadie está exento de caer presa de esta enfermedad que acecha a la humanidad.