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Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

Nos entusiasmamos por los discursos distorsionados y creemos más lo distorsionado que el mismo discurso.

Cartas del Lector

Juan Bertin Negron OcasioOPINIÓN - Hay miles de columnistas que son escritores, literatos, políticos, analistas, expertos en materias extrañas, espiritistas, y hasta religiosos que expresan su humilde opinión en periódicos que les publican sus desalientos psicológicos, o sus creídas opiniones que en realidad no valen ni la pena leer. Pero se las leemos y se las comentamos, para asegurar que somos democráticos, y se les publican esas cosas que escriben para demostrar nuestra ejemplar democracia.

Los medios de difusión, para no ser acribillados con groserías, nos dan el corto espacio necesario para opinar, así nos permiten desahogarnos y, a su vez, se desahogan quienes nos hostigan por dar nuestra humilde opinión. Se da el insólito caso que se requiere demostrar que existe democracia, y aunque así debiera ser, podría resultar que sea cuasi suspensa, y lo demuestran todos los medios de publicaciones, sin que afecte a nadie en particular por escribir sólo una simple opinión. Aunque después muera de pena porque nadie la leyó, o por insultos interminables.

Inclusive, los programas televisivos insultan, mofan y se ríen de los discursos de los políticos (y ellos, en cambio, se ríen de las burlas que les hacen los comediantes). O sea, ni los medios de comunicación ni las opiniones son creíbles, y son parte de una fantasía en que todos nos embobamos en fragmentos graciosos de una obra de desencanto.

¡Qué ironía! Somos parte de una comedia irrisible. Sin importarnos que estemos consciente de lo improvisado, de lo real o lo enigmático.

Vivimos en un sueño en que los políticos nos fascinan con sus soserías, y gentes que las creen. Los más allegados al círculo de lo estupefacto lo requetereafirman y ponen el pescuezo en la guillotina por lo incierto de las fábulas. En ocasiones llegamos al extremo de no creer lo que escuchamos ni lo que vemos y seguimos serenos viviendo de lo mejor de las bellas fantasías.

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¡Somos privilegiados porque nos ha tocado vivir afuera de Macondo!

Nos entusiasmamos por los discursos distorsionados y creemos más lo distorsionado que el mismo discurso. Es tan irreal que, después de un maravilloso discurso distorsionado, los políticos nos enredan en una fábula de alguna verdad increíble. Pero ya no creemos en la verdad ni en la mentira porque somos sarcásticamente incrédulos. Pero, aunque no le creamos los defendemos.

Luego, de los enredos en que nos hunden, se nos culpa por no creer en promesas incumplidas ni en mesuradas falacias y por encima nos condenan de lo jodido que estamos por ser desconfiados de lo que dicen. ¡Qué increíble, nos joden, y luego nos culpan por estar jodidos! No puede culparse a los políticos por mantenernos hundidos en lo jodido. Porque en realidad vivimos en el país de los protocolos legislativos y somos los culpables del estatus del jodionismo.

Sin embargo, no hay peor opinión que la que nadie lee ni escucha. Por eso con los brazos abiertos los medios de comunicación nos abren las puertas de la opinión para que fantaseemos en opinar y creamos que estamos opinando. El peligro es que si no opinamos no tenemos opinión y si opinamos nos fastidiamos porque los que comentan sobre nuestra opinión nos acribillan también con la propia suya.

Es una realidad virtual. Así siempre seremos groseros por haber opinado por nuestro porvenir cuando nunca debimos hacerlo. Curioso es que en el mundo hay millones de opiniones y jamás puede intentar cambiársele la opinión a nadie porque todos tenemos la razón. El principio de opinar es opinar contra quienes opinan diferente.

Después de todo, al final, los que opinan serán sólo opiniadores, y el que no opina será nada más un rasguño de lo asombroso en un lugar privilegiado donde todos tienen que tener su propia opinión para poder comentar sobre algo, si acaso...algo, no importa lo que les salga cuando opinan.