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Category: Vida Social

Colaboración de Dr. Víctor A. Feliberty Ruberté

Quizás, los maestros y las maestras de nuestro tiempo corran con la misma suerte, carentes entre los suyos del reconocimiento pleno que merece su vocación y misión de vida.

Jesus El Maestro

Jesús de Nazaret enseñaba verdades espirituales, morales y existenciales mediante una técnica pedagógica basada en analogías, acertijos y ejemplos. A quienes le seguían, les contaba parábolas; es decir, cuentos cortos con algún tipo de moraleja o lección, basada en los principios y valores de la solidaridad, la dignidad, la fraternidad humana, la compasión, la justicia económica, entre otros. Incorporaban ideas y costumbres de la vida cotidiana de sus oyentes, pero eran presentadas desde otra perspectiva. Estas provocaban tres reacciones entre sus alumnos: (a) dialogar sobre las relaciones entre los temas espirituales, económicos, sociales o políticos y sus implicaciones para el diario vivir; (b) pensar y repensar en las cuestiones existenciales, cotidianas y comunitarias; (c) plantearse serios cuestionamientos en torno a lo previamente creído o atesorado y sus fundamentos.

En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra y en su propia casa...

Quienes oían a Jesús no entendían inicialmente la totalidad del mensaje que él les quería comunicar. Por tanto, sus oyentes dialogaban entre sí en la búsqueda del significado aparentemente oculto tras sus palabras. El propósito era precisamente ese: propiciar la reflexión profunda, reiterada y conjunta. Los conceptos e ideales de mayor importancia para la vida en comunidad no se aprenden a la ligera ni se fundamentan en la simple repetición como el papagayo.

Mediante comparaciones y otras conexiones significantes entre sucesos y personajes típicos de su época, sugería nuevas formas para abordar viejos debates, cuestiones profundas de la vida y dilemas éticos. Generalmente, al cierre de aquellas narraciones educativas, había una frase enigmática para la reflexión por varios días. Por ejemplo, señalaba: “Los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”.

En el individuo, la fe crece, madura y profundiza, así como el aprendizaje en el estudiante. Esa fe no es simplemente un acto cognitivo de la mente, pues contempla igualmente dimensiones de actitudes y procedimientos. Esto es, requiere ser pensada, ponderada e incluso cuestionada, pero también sentida, puesta en práctica e incorporada a las esferas variadas de la vida. La semilla de la enseñanza, así como la de la fe, no es algo cuyo resultado necesariamente se obtenga, observe o cuantifique en par de días, semanas, meses o incluso años. Ciertamente, tiene un efecto inmediato, pero también repercusiones de mediano y largo plazo.

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Las parábolas no fueron su único método de enseñanza empleado por Jesús, pero sí uno de los más memorables. Ofrecía también discursos sentado al pie de un árbol o en el borde de una barca. Predicó en sinagogas, pero su aula predilecta fueron los caminos, los mercados, los muelles e incluso en las casas. La ciudad entera era su escuela. Estuviera rodeado por pocos o por muchedumbres, por eruditos o personas sencillas, sus enseñanzas se centraban en la práctica de los grandes ideales aplicados a las cosas concretas de la vida diaria. Decía, verbigracia: “Vence al mal con el bien”; “Sean compasivos con sus semejantes”; “Perdonen... hagan el bien”; “Ámense unos a otros”.

De otra parte, también retaba las ideologías y supuestos sociales de su tiempo. Solía presentar un ángulo distinto sobre cada asunto que discutía e insistía en no imponer a la gente cargas innecesarias de tipo moral y religioso. Más o menos parafraseado, expresaba: “Den al César lo que es del César (refiriéndose al emperador y al sistema de gobierno imperialista de su tiempo) y a Dios lo que es de Dios”. De igual modo consignaba: “Quien esté libre de pecados, que lance la primera piedra” o “Más vale una persona y su dignidad que el cumplimiento ciego de una norma o regla”.

...la lógica y los resultados de la enseñanza de Jesús de Nazaret no se miden ni comprenden meramente con números...

De igual modo, Jesús exponía a sus interlocutores a series de preguntas (también conocido como el método socrático). Recordemos al joven rico, a Nicodemo (el miembro del sanedrín que le visitó durante horas nocturnas) o a la mujer samaritana al pie del pozo. En esos tres y tantos otros encuentros, Jesús hizo múltiples interrogantes, para guiarles a descubrir por sí mismos una idea superior basada en conocimientos y experiencias previas.

Al hablar de sí mismo, Jesús reconoció: “En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra y en su propia casa” (Mateo 13.57 DHH). Quizás, los maestros y las maestras de nuestro tiempo corran con la misma suerte, carentes entre los suyos del reconocimiento pleno que merece su vocación y misión de vida.

En momentos que vivimos los ajustes cotidianos causados por la pandemia del COVID-19 y sus consecuencias en los sistemas educativos, vale la pena seguir la reflexión sobre el rol que tuvo Jesús de Nazaret como educador y sus diversas técnicas para alcanzar su objetivo pedagógico y transformacional entre sus discípulos y discípulas. A veces no se trata de la cantidad de temas o materias, sino de la calidad o de la profundidad del aprendizaje. Más vale poco bien aprendido o vivido con entendimiento, que mucho adquirido, superficialmente, o experimentado sin reflexión alguna. Reconozcamos a quienes emulan al divino maestro en la faena de la educación y formación de nuestros niños y niñas, adolescentes, jóvenes y adultos, desde distintos contextos y mediante diversos modos y medios.

En fin, la lógica y los resultados de la enseñanza de Jesús de Nazaret no se miden ni comprenden meramente con números; probablemente, los de nuestros maestros y maestras del tiempo presente, tampoco.

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El autor Dr. Víctor A. Feliberty Ruberté es Catedrático Asociado de Pensamiento Histórico-Cultural y Decano de Asuntos Académicos de la Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto de Ponce.