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Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

Cuando el juego empezó estaba empatado cero a cero. Le tocaba a los avancinos cubrir el jardín por ser el juego en casa. Hubo fanáticos que no quisieron porque creían que tendrían desventaja al batear últimos.

Fanaticos Parque Ganduleros Dramatic

Juan Bertin Negron OcasioAllí no había nadie hasta que comenzó a llegar gente. De verdad que daban pena los asientos vacíos. Casi dos mil sillas tristes formaban una laguna de lágrimas. Fue así hasta que los fanáticos más leales del mundo llegaron para apoyar a su equipo.

Antes llegaron las lluvias de observaciones y análisis de los que seguían la trayectoria de la temporada de la Coliceba.

– ‘Endito ehte equipo tá más flojo que la cuerda de tender ropa ‘e doña Fela.

– Oye, tú no crees ni en la luz eléctrica. ¿No viste el juego hoy? El otro equipo ganó por una carrera.

Cabito abrió los ojos como un coquí y miró a Yeyo como si en verdad una carrera no determinara nada. Fueron aquellos días de enero cuando el equipo los Ganduleros daba qué pensar a los villalbeños. Aparte del friísimo aire que concedía los sobrantes de navidad. Estaban tambaleando en el estandin. Los pueblerinos indecisos. Sin embargo, para los fanáticos de corazón está siempre delante justificar, y hasta llegar a la negación, nunca aceptar la derrota sin dar la batalla de presentar sus pintorescos y asombrosos puntos de vista, sin jamás aceptar que su equipo perdió, sino que fue el otro equipo que ganó. Así son. Así siempre seremos.

Nadie nunca en Villalba dice perdimos. Siempre dicen el otro equipo ganó. Jamás tampoco dicen nos ganaron. Son firmes evitando el “nos”. Así son los fanáticos leales de un pueblo rebelde en el deporte. Aun perdiendo, ganan, aunque sea en un debate mágico, así de difícil se le hace a los avancinos aceptar la derrota. Es que en Villalba se desconoce el verbo perder. Por algo le llaman avancinos.

La temporada trotaba camino a los juegos cruciales y se esperaba que los Ganduleros sacaran cría de sus principiantes. Estos son los arriesgados. Los potros jóvenes indomables. Repetir la historia del ‘72 estaba por verse desde la distancia de la primera entrada.

Llegó gente de diferentes partes del mundo, desde California, Ohio y Nueva Jersey para apoyar a los ganduleros. Se escuchaba en Florida, Nueva York y Texas los coros y estribillos.

– Viajé desde Tenesí cinco veces en dos semanas para ver este equipo ganar. Este juego no me lo perdía por nada. Llegaba aquí hasta nadando. –Dijo Carlos a Jossean en entrevista exclusiva con Villalba Online.

Fue ese viernes de celebración de amor y amistad cuando gente del pueblo salió de sus jornadas. Debieron llevar chocolates, flores y regalos, pero el día resultó más amoroso, cuando se dieron cita más de cien mil personas para ver el juego de campeonato entre Ganduleros y Jardineros. Pero sólo pudieron entrar dos mil al parque.

Llegó la hora de la verdad. Habían ganado de cinco tres. No pudieron sembrar gandules en jardín ajeno y se fueron a cultivar la victoria para su propia finca contra el conjunto desafiante del augusto pueblo de picachos. El pueblo de mujeres rubias daba candela sin capitular. En la casa de Herminio Cintrón se fue achicando el espacio. Todos los asientos estaban vacíos, pero nadie se sentó. Se oía algarabía, alabanzas alegóricas de fanáticos valerosos.

– Dame otra, dame otra... –Bajaba consolada la sed por el galillo viejo.

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Cuando el juego empezó estaba empatado cero a cero. Le tocaba a los avancinos cubrir el jardín por ser el juego en casa. Hubo fanáticos que no quisieron porque creían que tendrían desventaja al batear últimos. Aparentemente, fue una confusión técnica, de porqué el árbitro principal no tiró la pejeta al aire. Moncho que estaba al lado del dogaut, le gritó a Rogelio,

– Oye, jefe, tienes que discutir nojotroh batiamos primero. –El mandamás del equipo le guiñó un ojo y enfocó su mirada al que tiraba pepitas al cácher. “El último que ríe, ríe mejor”. Pensó.

Se sentía alma adentro la sensación de ser villalbeño, y también preocupación. La multitud se movilizó encaramándose sobre las verjas y carros, en Jobito y Camarones se treparon en los techos de las casas para ver el juego. Desde el Miradero otros miles seguían de cerca cada lanzamiento y garrotazo con binoculares. “¡Eso fue bola!” Protestó un aiboniteño desde el Miradero, quien por poco se ‘escocota por el risco. La pasión y la humedad engalanaban el ambiente. El nerviosismo vació las neveras.

– ¿Quién puede ver un juego de campeonato en Villalba sin darse un trago? – Gritó un buen cristiano. Y como si hubiera mencionado algo sagrado se escuchó el coro de un millón de personas. “¡Nadie!”. Al comentarista le salieron carcajadas por el megáfono. Y como si fuese un chiste el estadio repleto rió sin cesar. Gente humilde la de Villalba. Fanáticos prudentes. Virtuosos de cultura suprema.

Para la segunda entrada el juego no tenía la misma anotación que cuando empezó. José le cedió involuntario un trancazo al floricultor Joel y los huéspedes tomaron delantera. Ambos lanzadores cedieron. En la parte baja del mismo episodio un leñazo de tres bases empujó a los ganduleros al frente. El duelo de lanzadores fue bestial tirando escopetazos al plato que sonaban como balas de cañón. ¡Plah! ¡Plah! ¡Plah!

– ¡¡JUUAAAHH!! – Gritaban los fanáticos cada vez que tiraban estraiks por el centro del plato. ¡¡JUUAAAHH!! ¡¡JUUAAAHH!!...

– Estraik cantado. Fuera el hombre.

Fue tan brutal el nerviosismo que las mujeres que fueron al biuti para arreglarse las uñas botaron el dinero, se las comieron con ti esmalte. Hubo una que se tragó un diamantito de adorno que le puso Wandita en el meñique. Fueron muchas las fanáticas que llegaron a sus casas sin uñas. Otras dejaron las chancletas en la plaza, y otras, como Sarita, dejó la voz en griterías.

Llevaron cientos de sillas adicionales al estadio para nada. Aquella noche de hormigueo en el estómago, revoloteo en el estadio nadie estuvo quieto ni sentado. Fría va y fría viene por doquier. No había forma de calmar los nervios. Los avancinos sudaban. De pie estaba el pueblo entero. En Aibonito comenzaba a nevar en la última entrada.

De momento sacudió al parque en la última entrada auras de lanzamientos. ¡Fua! ¡Fua! ¡Fua! Y se repitió la historia del ’72 cuando otro zurdo, como emulando a Félix “El Negro” Malavé, envió al plato pepitas de gandules sembrando en el huerto de los libros otra hazaña histórica a los avancinos de Villalba.