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Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio*

Dedicado a todos los barberos de Villalba.
A Jovino Rivera, barbero del barrio El Semil.
A mi amigo Carlos L. Rentas.

Antigua Barberia PR

Juan Bertin Negron OcasioEl recorte costaba veinticinco chavoh, pero subió a $20 de sopetón.

Todo cambió. Y nos jodimos. Nada es igual ya. Antes los recortes eran a fuerza de dedos y tijeras amoladas por una correa de cuero hechas por zapateros. Encargadas por los mismos barberos de los cueros que sobraban de las vacas de Carmelo Torres que mataba Pecado en Villalba.

Los zapateros cocían correas y arreglaban zapatos. Ya nadie sabe lo que es ser un zapatero. No existen. Desaparecieron un día cuando perdimos la prudencia. Dejamos de comprar en las tiendas del pueblo y nos fuimos lejos a comprar zapatos nuevos. Mientras tanto, el zapatero se quedaba esperando para arreglarnos aquellos zapatos que no quisimos arreglar. Por eso se borraron las pisadas históricas del pueblo, porque botamos los zapatos viejos. Eran zapatos sabios.

Nadie cree que enantes la gente moría, y los zapatos los heredaban familiares y duraban una eternidad y brillaban como luna en noche. Nunca perdieron brillo. Las aceras parecían decoradas de par en par por miles de estrellas. No hacía falta la AEE. Ni que cortaran la luz. Cada cual se alumbraba con aquellos brillos de los zapatos. Alumbraban las casas, los patios y nuestros caminos.

No se ha ido mucho tiempo desde entonces nada más perdimos la cordura.

Pero volviendo al comienzo, los recortes también ya pasaron de moda. Fueron tiempos en que los barberos villalbeños recortaban por .25¢ y te afeitaban por .05¢ más. Te dedicaban tiempo. Eran psicólogos y consejeros. Y te contaban algunos bochinches de cachete. Además, te enterabas de las últimas novedades del pueblo. Opinaban y te aconsejaban por el bienestar de la comunidad. Ahora tienes que darle una buena propina si quieres oír algo que no sabías.

Hoy un buen recorte con maquinilla te cuesta $20, más $15 la afeitá. Y si duras 10 minutos en la silla es demasiado tiempo. Y si te duermes te da un pescozón pa’ que despiertes. Diríamos que gracias a Mathew Andi porque inventó la maquinilla eléctrica de cortar pelo. Así que la creatividad del campestre Nikola Bizumic comenzó el corte de cabello en el siglo XIX. En Villalba llegó antes que la electricidad, pero quién carajo se acuerda cuándo nos descubrieron. Éramos una aldea, hoy somos una ciudad autónoma gracias al gringo Walter ‘Mckown’ Jones. Lo dice Rigoberto Rodríguez, no yo.

– Los tiempos han cambiado, Bertin. – Me dijo Inma mientras aligeraba por mi sien la máquina a las millas de chaflán como mula subiendo cuesta.

Luego, sacó una navaja yilet y me dio un cerquillo corre-camino. “¡Ya!”. Quitó el paño y lo sacudió. “Ven.” Le dijo al nervioso que hacía cinco minutos que estaba esperando, y se pasó todo el tiempo ehlembao’ riéndole al celular.

– Ya. – Me dijo otra vez.

– ¿Ya qué? – Pregunté boquiabierto.

– Bájate que viene el otro, terminé. – Volvió a decir.

Me miré al espejo yo mismo, porque ya tampoco te ponen el espejito para que te veas el corte que hizo atrás del cogote.

– Me recortaste como soldado. ¿Cuándo empezó la guerra? (Dije y se rio como Machuchal.) ¿Cuánto es el tajo?

– Dame $20, na’ más. – Me dijo relajando en serio y por poco salgo corriendo.

– ¿Cuánto? (Metí la mano y saqué uno de $10 y tres de $1.) Quédate con la propina. Me quedé pelao’. – Le dije.

Y pensativo se quedó sacando cuenta. Desde afuera lo vi contando con los dedos. Antes de irme, me miró con los dos ojos lagrimosos. Me dio la mano y nos despedimos. Jamás lo he vuelto a ver.

Nisandra home

A la barbería de Carlos Algarín se iba a disfrutar sin prisa llegabas a la hora que llegaras. Te sentabas. No preguntabas “cuántos tienes”. Ni nada. Cogías el periódico que no leíste en tres meses y te enterabas de las noticias nuevas. No se pasaba hablando por teléfono. Lo único que tenías que hacer era brincar por las lajas del rio Achiote detrás de la casa de doña Berta.

¿Y Bobó? Tenía una barbería que se llenaba de gente buena. Yo nunca me recorté con él, pero le vendí el periódico. Yo caminaba a paso lento para escuchar los bochinches de aquellos seres inolvidables. Los recuerdo. Bobó era bien reconocido. Uno de los mejores barberos del pueblo.

– ¿Cuánto es el recorte?

Preguntó uno que le decían Cabezón antes de yo salir del negocio. Simulé que estaba amarrándome el tén porque Cabezón tenía más pelo que un león y quería escuchar lo que le diría Bobó. Cabezón ya se había acostumbrado al apodo que le pusieron cuando nació. Bobó le miraba la peluca con pena. Malén, la comadrona, estuvo dos días sacando a Cabezón del vientre, y como no pudo halarlo por el cuello lo haló por el pelo. Por pelo tenía un pelambre. La mirada de Bobó intentaba decir muchas cosas distintas, profundas confusiones sentimentales, que casi se le sale un gemido. Al final, soltó una lágrima.

– ¡Juuum! Siéntate y déjame pensar. – Finalmente dijo con sufrimiento y meditabundo.

Bobó le había estudiado la cabeza en suspenso. Igual que Einstein examinó la melena. Se le notó en las arrugas de la frente, a Bobó, la gran preocupación.

Aparte de mí, habían ocho clientes peludos esperando, no el turno, sino la contestación. Con el Cabezón, sin la melena, éramos nueve. Me quedé al lado de Luis Ríos quien me miró preocupado. Estaba sentado cerca a la puerta por ser último en llegar. Hice que estaba contando los chavos prietos de la venta de periódicos. Mientras los clientes no le quitaban los ojos de búhos a la frente de Bobó que se comprimía como bagazo de china. Se sentía la curiosidad. Olía a nerviosismo.

– Son...

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Los ocho clientes y yo abrimos los ojos como caballos asustados. Metí el menudo en el bolsillo que tenía roto y se me cayó el reguero de chavos prietos por todo el piso y se escuchó en el silencio la baraúnda de fichas y vellones, y desquició la curiosidad de la multitud.

Se tranquilizó el sopor, pero el entumecimiento de Bobó nos dejó a todos en suspenso. Aunque las miradas quedaron clavadas en Bobó, supo nadie cuánto le cobró por el recorte al Cabezón porque le dijo que lo recortaría último. Cuentan que Bobó se amaneció recortando al Cabezón.

Un día desapareció el Cabezón a otro lugar porque por la melena que tenía a alguien le dio con llamarle Cabeza de León. Esa sí no le gustó y se fue. En Villalba si te ponen un sobrenombre y no te gusta tienes que emigrar.

Pues resulta que los barberos en Villalba, igual que los zapateros, también se están quedando solos, porque los recortes están desapareciendo. La moda es el “raspa coco”, unos le llaman “el queso holandés” que antes no gustaba a nadie. Cualquiera con navaja y jabón y un espejito hace el trabajo. ¿Para qué pagarle a un barbero? Por eso nos jodimos.

El barbero es un fenómeno condenado a la extinción.

Hubo muchos barberos en nuestro pueblo que sólo los recuerdan ahora. Antes de mí decirlo. Era una barbería natural la que tenía Jovino en el barrio El Semil. Allí debajo de un palo de quenepas recortaba a todos los del barrio. Un ejército de clientes esperaba. La espera era tan agonizante como la jalá de pelo que daba la mella de la máquina de recortar que usaba. Y te la pasaba sin pena como un “mower” de cortar grama. Aquella navaja que usaba nunca vio una correa de cuero. De las que hacía Sinfo “El Zapatero” García.

Había cerca del árbol de quenepas una piedra brillosa. Allí raspaba Jovino la navaja que en cada raspadera resplandecía rayos de fuego. Luego, tiraba un pelo en el aire y lo cortaba en diez pedazos de un tajo para probar si estaba afilada. Jovino fue un creador de recortes. Fue el primero en dar los “sheis” debajo del quenepo. Te cobraba una peseta.

Podría asegurarse, entonces, que un villalbeño inventó el corte de pelo, después que en otros sitios comenzaron a recortar.

*Tomado del libro: “Mis Crónicas de Villalba”