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Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

Dedicado a todas las cocineras villalbeñas.
Especialmente a mi tía doña Cruz María “Crucita” Aponte Torres.

Antigua Tienda

Me acuerdo exactamente la hora y el día. Lo recuerdo porque todavía tengo el delicioso sabor en el paladar. No ha existido mejores cocineras que las cocineras villalbeñas. ¡No sé qué rayos le ponían a la comida, pero qué modo peculiar de cocinar! Con mucha o poca razón dicen que “el amor entra por la cocina”. Debe ser un decir porque mi abuelo llegaba jehmayaoh y si no había comida lo que entraba tras él a la casa era un jurakán.

El día aquel que nunca me acordé mencionarlo antes fue en un año en que se comía de a verdá sancocho, mofongo, piononos, mangú, arroz con gandules, chicharrones, bistec encebollado... ¡Dígalo usted!

Recorría yo el pueblo con un montón de periódicos en la cabeza amarrados con un bejuco que encontró mi abuelo Reyes en un herbaje. Antes de irme pa’ la Makñons tenía que levantarme con la amanezca de Dios, comerme un canto ‘e pan sobao’ acompañao’ con una taza ‘e café más prieto que negro y arrancar antes que Apa bajara chillando ruedas de bolines desde la jalda de Palmarejo.

‘Magínense, yo vivía en Barrio Chino y oía el chirrío cuando pasaba a las millas de chanflán por frente de la tienda de Martin después de El Puente. Eran las seis. A las cinco llegaba El Día. En el departamento de distribución, o sea en la tiendita de mi abuelo, estaban divididos los rotativos en paquetes de acuerdo al tamaño del distribuidor.

Pues aquel día cuando me comí la mejor empanadilla de mi vida, que recuerdo parecía una oreja de elefante, llena de cornbif, aceitunas y huevos, no como las que cocinan hoy que son más ciega que José Feliciano, me senté frente a la alcaldía. Las ventanas eran de alas y estaban abiertas. ¡Qué linda era la alcaldía de enantes!

“Pues eran espíritus de cuerpos de gente los que entraban a las fondas,
y después de comerse un plato de vianda con lechón asao’
salían mostrando cachetes rosados y con mucho ánimo de seguir viviendo.”

Jamás olvido que cuando llegué a la fonda de Crucita en la Luchetti vendí cinco periódicos. Ella estiró la mano y le di el periódico, luego me dio la empanadilla. ¡Qué bonísimo sabor todavía siento en mi boca! Doña Crucita cocinaba otras frituras, rellenos de papas igual que parecían bolas de baloncesto, alcapurrias, domplines, bacalaítos que sonreían al hambre; y pasteles, mofongo y unas habichuelas guisá con calabaza que no hacía falta más na’. Sólo una tripa vacía que reclamara justicia. Manos sagradas de una cocinera de excelencia.

¡Ay, qué ricura fue comer en las fondas de Villalba!

Villalba estableció su manjar a fuerza de aquellas famosas cocineras. Mujeres dedicadas a crear el mejor sabor en la cocina. Llegaba gente desde Aibonito, Ponce, Coamo y Juana Díaz a almorzar. En aquel tiempo no había tanto tapón y los empleados tenían hasta dos horas de receso. El pueblo era un centro comercial. Un piragüero, zapatero, limpia botas, barbero vivía bien feliz. Hoy nos sonreímos llenos de pena.

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Luego empezaron a llegar las “malas noticias” de la manteca, la carne roja, las frituras, el pan sobao, el café prieto, el arroz, el rabito de lechón asao’, la carne frita, hasta el ñame, la malanga, y la yautía, todo se volvió dañino para la salud, pero la gente no se moría. Vivían 110, 100, 95, 90 años; y los nietos se morían esperando que se murieran los abuelos.

Entonces como plaga se llenó el pueblo de porquerías. Llegó comida enlatada y congelada. Llegaron los restaurantes de fasfú para deshacer las fondas. Comenzó la población a padecer de enfermedades que no existían. Y empezó la “píldora-time” formando una retahíla de farmacias y centros médicos ambulantes, y las fondas desaparecieron como humo en el aire.

Nadie sabe que Doña María Martínez se levantaba a las 3 de la mañana y se iba a pescar el ‘Gadus Morhua’ a la playa de Ponce. Llegaban estos peces temprano desde las costas de Massachusetts. De ese pescado doña María cocinaba los sabrosos bacalaítos. Nadie sabía que de esos bacalaítos fritos consumían vitaminas B, D, E y A. Para enterrar a la gente sólo hacía falta sentarse a esperar que se murieran.

Los que no lo recuerdan es porque nunca vieron que el pueblo no fue como es hoy. Por eso no saben quién era doña Ramona. Cocinera virtual de la Cabaña Azul. Estableció las competencias de las empanadillas. Su pequeño espacio se volvió más pequeño y las filas para comer alcapurrias subían por la Barceló y llegaban hasta Maravilla. Tuvo que mudarse para la Calle El Surullo. De allí se retiró. Viviendo en la eternidad para contarlo.

Como se saturó la venta de alcapurrias otra doña María comenzó a vender muslos de pollos con cadera a $1. Friendo muslitos y cocinando pasteles de yuca pasó a la historia. Erigió el mejor restaurante en Romero. Usó cuatro bloques, hizo un fogón y no había villalbeño que se comiera dos muslos. Aquellos muslos parecían caderas de vaca. Entonces millones de personas descubrieron que había un barrio llamado Romero en Villalba. El dueño del Caracol se pasaba mirando sin saber por qué la fila pasaba del Puente Guayabal.

La competencia en quién era la mejor cocinera llegó al Sector La Pulga. No había fondas. A doña Chencha se le ocurre preguntarle a Georgie Colón si le alquilaba un “laito” próximo a la tiendita. Entonces le arregló un rinconcito que se volvió la fonda más famosa del área sur de la isla. Rodando bajaba gente por la guinda 151 desde Orocovis.

Carmen Rivas instauró un quiosco en el centro del pueblo. Pero el departamento de localización no se lo permitió y abrió su fonda frente de la Escuela Makñons. Pero doña Carmen dejó las frituras y se dedicó a ser más creativa. Creo el plato típico villalbeño: “El Junte de Carmen”. En un mismo plato echaba carne frita, arroz y habichuelas, y gazpacho. Ningún cliente volvía a comer en tres días.

Aquel exquisito plato no era para todos, así que algunos corrían a la Farmacia San Antonio. Charlie les daba una receta de “petobolincurató” y en dos días estaban curaos... y les decía,
–Pa’ que en unos días siga fondeando.

A aquellas fondas embalsamadas de fragancia de manteca de cerdo llegaban las tripas vacías exigiendo ley y orden, y con un canto ‘e pan sobao invadido por un ejército de escabeche de bacalao, cebolla y aguacate, que aterrizaba sobre la mesa, se cumplía justicia. Y de ese sángüich la gente se llenaba de Omega 3 contrarrestando enfermedades cardiovasculares, artritis y Alzheimer; y nadie sabía que el aguacate tiene potasio y fibra, y ácido fólico. Nadie padeció de colesterol. Salían aquellos seres humanos mostrando los dientes satisfechos por aquel aliño desplegado en las cocinas de las fondas de Villalba.

Un día que nadie recuerda se declaró a Villalba: “El Pueblo de las Mejores Fondas del Mundo”. Al alcalde le invade una musa creativa y en las cuatro entradas al pueblo mandó a colocar los rótulos del eslogan de Villalba: Bienvenidos al Pueblo de las Fondas. ¡Barriguita llena y Corazón Contento!