Policía
Category: Vida Social

Por: Juan “Bertin” Negrón Ocasio

A Diego, Apa, Félix El Gato, Corea, Güiso y todos los otros que tengo en memoria (que no me acuerdo).

limpiabotas

Juan Bertin Negron Ocasio¡Bríllalo! ¡Bríllalo! ¿Cómo era posible? ¿De dónde salía tanto brillo?

Cerraba los ojos porque el brillo de los zapatos era como un sol que resplandecía la noche. Los casquillos bajo las suelas alumbraban los callejones donde no había postes. Los zapatos de Remigio Negrón eran tan brillosos como un diamante.

A todos les encantaba sonar el ¡clack! ¡clack! ¡clack! sobre las aceras. Hasta caminaban más ligero para oír ese sonido “coquíliana”.

Don Práxedes levantaba los pies en su negocio para que los clientes vieran el brillo. Sonreían las mujeres al entrar con gafas oscuras porque les opacaba la vista. Parecían todas a Sofía Loren con sus bufandas y enormes sombreros de artistas de joliwu. Para aquel tiempo no había tinte, así que ninguna imitaba a Marilín Monrou.

Un día de julio se fue la luz. Ocurrió el año antes de 1971. Fue viernes y la población estaba desesperada, no porque no hubiera electricidad, sino porque ése día en la noche comenzaba las Fiestas Patronales. Había desasosiego.

Nadie lo recuerda porque a la memoria la devoró la “politiquitis amnesiatis”. Es una infección que brota y se expande de un germen politiquero. Estos no recuerdan ni quiénes son. Son gentes tristes. Como los tres tristes tigres. A veces en las iglesias, cuando se acuerdan que hicieron algo bueno por el pueblo, la gente reza por ellos. Los religiosos también los recuerdan y envían a Dios misericordia por ellos. (Si los ven en misas depositando el diezmo de lo contrario los tachan de la chola.) Pero no es culpa de Dios ni de los sacerdotes ni de los feligreses. Es culpa de los que la tienen.

Es indiscutible que Corea era uno de los mejores limpiabotas. Estableció su propio negocio frente de la Cooperativa de Consumo que está hoy debajo del “parking” al lado de la casa del ejecutivo del municipio. Nadie hoy sabe dónde estaba porque a alguien se le ocurrió que se ve mejor bajo tierra y la demolieron.
Fue tan pésima la idea que los villalbeños desde entonces viajan a otros pueblos a hacer sus compras. Genialidad de políticos. ¿Ah?

Allí era que Corea rugía y defendía su quiosco.

–Vete pa’ llá polque te vapuleo con este “Takabu”.

Le gritó a Crespín levantando el cepillo de brillar. Todos tenían que estar quince pies de distancia.

Frente los negocios de Práxedes Luna, Pablo López y Carmelo Torres y en las escaleras de la iglesia católica había una liana de brilladores de zapatos. Yabucoa era el más “joseador”. Intentó colarse pero no dio pie con bola. Y se retiró de la yedra de brillar a temprana edad desempeñándose como “machinero”. Lo suplantó Huichín Griffin hasta que se retiró del oficio.

Piquiña era astuto y hubo veces que halaba a los clientes, “¡Oiga, vengase pa’ acá! Un brillito le cae bien con esos pantalones poliéster...” Y lo llevaba arreguindao’ por la manga de la camisa con una mano, hasta que lo sentaba en el banco, mientras se rascaba la espalda con la otra. Allí le estrujaba el paño. Le pasaba betún y después agarraba una botella de alcohol que irrigaba como echando agua a las flores. Aquellos zapatos de cuero brillaban como ojos de coquí.

Nisandra home

Se paseaba entre la competencia Iván “El Pecoso”. Ése sí sabía brillar suelas. Quedaban tan resplandecientes los zapatos de suelas que les ponía Sinforiano “Sinfo” García Ocasio, que alumbraban las aceras. Su secretaria, Emiliana “Milla” García Morales, se aseguraba que el cuero de las suelas fuesen las mejores, o sea, de las vacas que mataba Pecado. Eran enviadas por el “resero” Carmelo Torres. En Villalba se comía la mejor carne de res. Fresca y orgánica. Carmelo aseguraba que las reses fueran bien alimentadas con yerba fresca del Pasto Pareja.

Aquella noche de julio que se fue la luz, Iván brilló los zapatos, de los que los usaban, y con ellos alumbraron todo el pueblo. Los residentes de la Barriada de los Perros se sentían sumamente orgullosos que Iván tenía un buen oficio y se ganaba la vida. Por consiguiente, con las ganancias de brillar zapatos, comenzó a montar su propio “business” de construcción. Empañetaba las casas como si les pasara betún. Fue el primero en crear la “técnica del betunaso” cuando empañetaba los bloques de cemento de casas que construía. Medio pueblo aprendió a hacerlo con Iván.

Se distinguía por jacarero, Diego, el hijo de Abá. Era chiquitito como Nelson Ned. Jocoso. No cantaba, pero tenía tremendo galillo. Bajaba desde la Luchetti con una caja de madera que le hizo el tío. Como el tío no era arquitecto la caja era más grande que Diego. En el pueblo todos sabían que había llegado Diego cuando llegaba porque saludaba gritando para que supieran que llegó. Era un artista nato dándole un toque sutil al brillo. Cuando terminaba los zapatos parecían dos corrientes de río.

Es curioso que usaba un pequeño banco para poder alcanzar los zapatos de los clientes. Jamás paraba de hablar ni permitía que le dijeran como brillar los zapatos. Un día, por estar haciendo chistes, se equivocó y pintó de negro los zapatos blancos y le ennegreció las medias blancas a Enudio Negrón. El Juez Remigio sentenció a Diego dos noches en el calabozo de la cárcel del Chichón. Cervoni lo defendió, pero la evidencia era obvia.

Apa bajaba a toda velocidad en un carrito de ruedas de bolines desde Palmarejo y aterrizaba en un muro de cemento que tenía Nando Negrón frente ‘e la tienda. Sin demora, sacaba su maletín de ejecutivo. Era el más organizado de todos los limpiabotas del pueblo de Villalba. Desempaquetaba de aquel baúl un montón de chirimbolos. Tenía cachivaches para los 50 pasos que inventó para brillar zapatos. También era el más caro. Cobraba dos chavitos más que todos los demás, sin negociar. Después de retirarse de esa vocación se dedicó a vender el periódico El Mundo, y usó ahorros para hacer otros negocios.

Güiso Kiwi no se llevaba con Apa. Vivían los dos en Palmarejo, y los palmarejeños estaban divididos en cuál de los dos era el mejor brilla zapatos. Se saludaban pero no se hablaban. Güiso cobró toda su vida diez chavoh por brillo. De ahí sacó para el seguro social que guardó debajo la almohada.

Hubo brilladores en todos los barrios. Félix El Gato oriundo del Barrio Chino le fue fiel a la vocación. Hizo el vano intento de ser atleta pero nunca tuvo competencia de quien llegara último en todas las carreras que compitió. El Gato brillaba los zapatos de espaldas. Dado ese caso a veces sólo limpiaba un zapato. Cuando los clientes reclamaban justificaba diciendo que así era mejor porque se podía ver el “antes y después”.

En aquel tiempo, aunque lo dude, brillar zapatos era una beneficiaria y decente profesión que no se aprendía en ninguna universidad. Muchos quisieron ser limpiabotas. Sin embargo, no desarrollaron la habilidad. Los negocios eran recíprocos. Los zapateros ayudaban al negocio. Hoy nadie arregla ni brilla zapatos porque el negocio de vender zapatos nuevos es más fácil.

Yo seguí la costumbre de brillar mis zapatos y los cuido como tesoros. La reflexión del brillo me trae bellos recuerdos. No es que sea maceta como muchos, pero hace veinte años no compro zapatos nuevos.

Es que soy afortunado, hace décadas no me crecen los pies.