Policía
Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

A Jossean y a Ángelo por recordarme cosas que se me olvidan.
Dedicado a los antiguos Choferes de Carro Público de Villalba.

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Juan Bertin Negron OcasioAquel día –“Nadie se acuerda ya de nada. Ni yo.”– me dijo riéndose Mofle.

Y seguimos manejando, imaginándonos la vida social pasajera, la política desequilibrada, y otros bochinches de barrio humilde. Fui todo oído y él todo desahogo. Nos entreteníamos, yo pagaba lo que comíamos y bebíamos, y los recuerdos florecieron. Él tenía un juey parío’ en los bolsillos.

–Bueno, como te iba diciendo....

Siguió contándome historietas de gente, que ya nadie recuerda, para que yo me motivara a escuchar sus anécdotas y me fuera distrayendo con el “otro roun”.

–No, no te preocupes que yo pago. –Le decía cuando él hacía el vano intento de meterse la mano en el bolsillo que no encontraba en el pantalón.

– ¿Te acuerdas de Yuyín? –Me preguntó, cuando no lo escuché– Y de Campano, Marcola, Piquiña, Charly, Ñon Ñón... ¿Qué se hicieron esa gente?

–Se murieron. –Respondí sin saber.

–Sabes dónde están enterrados.

Volvió a preguntar lo que sabía.

–En el cementerio. –Contesté en broma. Y se rio como si le hubiera hecho un chiste.

Siguió mencionándome nombres de gente reconocidas de Villalba que por alguna razón eran más famosos que la demás población. En Villalba los famosos son los que dijeron o hicieron algo fuera de lo común que se regó por todo el pueblo. Como no escuchaba lo que me hablaba, iba yo acordándome lo que recordaba de los choferes de carro público.

“¿Pa’ dónde?” Me cuestionó en el aeropuerto Toño Gratacós, quien llegó congelao’ en su Cadillac desde Villalba. Nunca bajó las ventanas del carro público. Aquel auto conoció jamás pizca de polvo. Siempre estaba impecable. Con el calor que hacía en ese tiempo era una delicia montarse en su carro de Villalba a Ponce. Cobraba una peseta. Quince por llegar hasta Juana Díaz. La línea de pasajeros por esperarlo llegaba de la Cabaña Azul hasta la Escuela MckJones.

–Tengo espacio para cuatro. –Imploraba triste Tasio, como rogándole a los pasajeros que se montaran con él.

Aquel día a las doce el sol picaba. Había realizado unos cuantos viajes Moncho Negrón. Mientras tanto Toño Gratacós gastaba el tanque de gasolina con el carro encendido, los cristales cerrados y aire acondicionado a to’ jender. Dos pasajeros montados tenían abrigo y guantes de invierno puesto. En ese tiempo la gasolina costaba quince chavoh el galón.

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“Lléveme al pueblo de donde vino.” Se me ocurre decirle cuando iba en el asiento trasero. Toño Gratacós tenía costumbre no sentar a nadie al frente, si tenía espacio atrás.

–Entra y siéntate allí. –Me ordenó apuntando con el hocico.

–Aquí no hay nadie. –Le contesté también apuntando con mis bembes al asiento del frente.

–¡Quieres llegar a Villalba con aire acondicionado o quieres irte a pie! ¬–Dijo medio molesto. No le contesté porque el camino era largo.

Riéndome soso abrí la puerta y me lancé al universo fantástico. “¿Cómo estuvo el vuelo?” Preguntó. “Bien.” Creo dije.

Mofle hablaba y yo me imaginaba el mundo fabuloso de toda esa gente que ya no existe. Quedé sonámbulo apreciando el paisaje y sus contornos. Vi las Tetitas de Cayey. Pasamos los montes y la brisa me lanzó al vacío y caí como guanábana en el asiento. Toño era hablador. Él seguía con la cantaleta de cosas de antes que en verdad me anestesió.

–Tengo frío. –Dije.

–Abre la ventana si quieres. –Dijo momentos antes de dejar de escucharlo.

Y soñé sin saber que soñaba. A veces uno sueña y en sueños piensa que es verdad lo que está sucediendo. Pensé que ya había llegado al pueblo. En lo lejos del amodorramiento escuchaba voces y veía gente que hubiera querido ver de aquel pueblito de antes que existe en los que se acuerdan.

“¿Otra fría?” Oí en la distancia. “Sí.” Expresó el cachetero.

Imaginé que la iglesia católica estaría en el mismo lugar. Que la alcaldía tendría las puertas abiertas. Que en la plaza se reunía gente y se escuchaban relatos que podrían contarse algún día. Evoqué las tienditas y los comercios, las piraguas, los mantecados, vendedores ambulantes.

Un día subí pa’ Palmarejo y escuché a Luis El Mudo discutiendo con varios vecinos. Se formó una garata que más de mil personas llegaron; no entendí que decían los vecinos ni lo que gritaba El Mudo.

–¿Nadie guardó los dibujos de Luis El Mudo? –Preguntó Mofle mordisqueando una alcapurria que bajó con un trago.

–No sé. Por qué me preguntas cosas que no sé. ¿Adónde enterraron al mudo? –Le inquirí cuando mordía otro canto.

–En el cementerio. –Dijo saliéndosele carcajadas. Faltó poco para que se le trabara en el galillo viejo la alcapurria de yuca.

Bajando la guinda de la gallera tuve que montarme con Fito. Tenía una guagua azul más larga que una lombriz. Llena de guindalejos. Fito por 10 chavoh prietos te llevaba desde la cafetería hasta Divisoria. Y antes de subir la jalda daba un ‘tur’ por el pueblo.

–¿Cuánto es Fito?

–Echa en ese pote lo que sea. Tú eres buena gente. –Respondió humilde.

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Le tiré un tropel de chavos prietos que no llegaban a diez. Sonaron como cien y Fito contento gritó, “¡Cónchale gracias! Ya me puedo ir pa’ casa después de este viaje.” Me dio pena y lo dejé disfrutar su fantasía millonaria.

Se había quedado dormido Tasio Roncón después de comerse un sancocho de patitas que le trajo Lipe de la fonda detrás de la gasolinera de Durán. Ése sábado Pablo Martillo lo dejó tranquilo. Lo despertó cuando regresó del último viaje de Ponce a las 6. Cuando Tasio despertó azorao’ el pueblo estaba desierto.

Era característico de Pachencho buscar una acechanza siempre. Escrutaba hacia todos lados un destino que nunca encontró. Buscaba de reojo un provenir en los demás choferes y en un milagro. Hasta hubo un tiempo que lo buscó dentro de la alcaldía, pero el tiempo le negó ése destino anhelado. Nadie nunca supo qué buscaba.

Toño Olivieri, en cambio describe Jo, “Era calvo y taciturno, y si mal no recuerdo lo que no se me olvidó, usaba boina. Era rellenito y tenía la cabeza redonda como una higuera, y la nariz puntiaguda como un martillo. Lo conocí bien. Era mi vecino. Roncaba como un león.”

En mi viaje recordé que, además de chofer, Pedro Juan Rodríguez, era comerciante. Dueño del primer supermercado en Borinquen. Allí vendía de todo como centro ‘e espiritista. Buen villalbeño que fiaba. Hubo embrollones que debieron hasta las velas del velorio. Cuentan que quemaron las libretas del apuntao’. ¿Por qué lo hicieron? ¡Qué sé yo!

La fila en la parada de carros públicos era más larga que un bejuco. Allí se encontraban Lile, Tin Marrero y aldeanos. La desgracia no fue para menos. La manga de gasolina del carro de Lile goteaba. Se metió debajo. Estaba arreglándola cuando alguien tiró un fósforo. Ardió en llamas y el negro Lile se despintó. Pero sobrevivió para contarlo en chiste cuando lo vacilaban.

A Toño Olivieri no le gustaban los viajes cortos. Manejaba solamente pa’ la capital. Se conocía Río Piedras como la palma de la mano. Un viajecito a la semana le era suficiente.

Todo estuvo bien para los choferes hasta que se llenaron las marquesinas de carros.

Meditaba melancólico aquel día cuando, –“¿A qué hora salimos?”– Toño Gratacós preguntó.

No recuerdo si contesté. Es mejor no contestar cuando uno se va. Nadie jamás quiere irse de donde desea estar.

Pasó despacio el carro frente del cine de Nando. “¡Adiós!” Susurró Pablito con una sonrisa triste. Levantó la mano arrugada. Se quedó parado sobre el escalón de la entrada cuando recogía las taquillas de la matiné. “Nos vemos.” Me despedí del vetusto pueblo de mis efemérides.

Quedé contemplando el pasado desde la ventana y el aire acondicionado eclipsó el recuerdo sobre el cristal. Y mientras el carro público abandonaba al pueblo se fue menguando la imagen.

Las incertidumbres insólitas nos fueron alejando del recuerdo transcendental de aquellos choferes de Villalba.