Policía
Category: Vida Social

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

bored

Juan Bertin Negron OcasioResulta, que casi nunca me sucede, pero cuando me azota el aburrimiento tengo que salir de mi casa. Y digo casi nunca porque siempre estoy envuelto en alguna ocurrencia, alguna idea para escribir, o leyendo o inventando cualquier cosa con el millón de cosas que tengo para corregir: cientos de poesías incompletas, novelas, cuentos, más de 10 libros en camino a la imprenta y, sobre todo, romperme el coco para ver cómo se venden. Porque la verdad es que la gente está maceta. Por algo tuvieron que inventar el restaurante en Añasco: pagas por dos platos y comen cinco. Sin exagerar. El boricua siempre busca el cachete y el baratillo. Al parecer tienen dos jueyes paridos en los bolsillos para comprar libros. A veces lloran tanto que hasta les regalo los libros.

Ese día estaba como el cangrejo caminando hacia atrás y hacia el frente, hasta que no pude más y le dije a mi doña, -Me voy- ni caso me hizo para empeorar la situación. Salí sin pensar sin destino sin nadie. Monto en el carro y mientras voy manejando, con el aire acondicionado a to’ jender, me da con leer los rótulos en las calles y cuanta cosa tenía letras. ¡Qué manía!

Me detengo, pienso y se me ocurre buscar curiosidades en lo que veo, o sea, en lo que leo. Y así empezó me aventura. Veo un restaurante oaxaqueño, me detengo; entro y pido el menú. Como de costumbre leo el menú y lo primero que veo es: “Tortillas hechas a mano”. Llamo inmediatamente a la mesera, quien cordialmente me atiende con una sonrisa con dientes lindos de yegua, y dice con demasiada cortesía:

-Dígame caballero, en qué podemos servirle-.

Mientras escuchaba la sonoridad de su voz peculiar, vi su dentadura, y, le miré las uñas y parecía que había tenido guerra con pedazos de carbón.

-Deme un minuto, tengo que usar el servicio- dije.

Fui al baño y me tiré por una ventana de 10’ de altura. Caí, corrí cojeando, me monté en el carro, chillé gomas y seguí mi desatinado camino. En mi afán de romper con aquel torturador aburrimiento me dejé llevar por aquella aventura quijotesca villalbeña. Quijote iba montado en una yegua vieja, pienso manejando, yo voy montado en un Jaguar 2016 con aire súper congelado y un sistema digital de música que suena mejor que un Concierto de Danny Rivera en el Don Cholito Concert Hall.

A poca distancia cambia el semáforo. Veo un manco damnificado, con un pequeño cartel en mano derecha que leía:

-“Sobreviví la muerte en la Segunda Guerra y la de Corea, Vietnam y todavía estoy vivo. Fue un milagro. Ayuda a este pobre Veterano”.

Del susto pensé que era un fantasma. Sobrevivir la muerte es algo transcendental, pensé. Detuve el auto. Miro con admiración al fenómeno. Se acercó el demacrado. Extendí la mano con generosidad y le di un billete de $10, se apartó, miró con cinismo el auto, torció los labios, se le arrugó toda la cara, asomó el pescuezo adentro del carro y me gritó:

-¡Afrentao! ¿Diez pesos?...me insultó y me tiró a Benjamín estrujado.

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Del espanto, arranqué a 100 millas por hora. Por el retrovisor lo vi levantar una bandera americana percudida y haciéndome señas antipáticas con un dedo.

Ya me encontraba frustrado y desanimado de salir de aquel aburrimiento que no soportaba. Posiblemente una buena cerveza fría vestida de novia me ayudaría a buscar curiosidades mejores. Medité. Llegué a un “bar” y por esas casualidades de la vida me encuentro con cuatro “conocidos” que hacía tiempo no veía. “Ah, gracias Dios se acabó el fastidio”, dije pensando. Nos saludamos, nos abrazamos y comenzamos a formar una conversación de “cómo estás”, “y la familia”, “cómo te trata la vida”, “qué estás escribiendo”...bla, bla, bla y mucha de la pica el pollo, nada de sustancia, pero por lo menos salía del hastío.

-Estoy leyendo The Ugly American, Cuentos de Amor, de locura y de Muerte de Quiroga, y Down These Mean Streets de Piri Thomas, y terminé de leer La Fiesta del Chivo, y ordené Simone de Eduardo Lalo. Dije al viento.

Hice el vano intento de entrar en una conversación de médula. Perdí el tiempo y saliva. Aun así sentí cierta hilaridad y pedí un round para cinco. Ellos pidieron unos entremeses: chicharrones de pollo, camarones, quesadillas de carne, al fin de todo lo que había en el dichoso menú, y así sucesivamente estuvimos horas. Jamás percaté el presagio de mis lecturas.

Los primeros dos se despidieron con regocijo, me abrazaron. “Llámanos”. Dijeron. Sonreí. Después en apuro se despidieron con más alegría los otros dos.

“Estamos súper contentos, gracias. Cuídate”. Me sentí jubiloso, pero salieron casi corriendo del lugar y desde la salida uno me gritó:

-Nos vemos pronto, cuídate.

Estoy pensativo en el encuentro, cuando me llegó la mesera, me interrumpe mi ensueño, y dijo:

-¿Desea otra cerveza?

-Sí, y la cuenta, por favor- respondí sonriente. Más feliz que una lombriz. Fue un momento de gran placer compartir con mis amigos. ¡Qué grandes amigos! ¡Oh, qué gran día! ¡Gracias Dios mío! Qué forma tan particular de un villalbeño matar el aburrimiento.

-Aquí tiene- amablemente dijo, le sonreí y la miré alejarse.

Leí los números con ojos de caballo muerto. No hay palabras explicables. Quise gritar, pero me aguanté. Llamo a la dama y le pido una explicación imprecisa de la cuenta.

-Bueno, señor, aquellos caballeros comieron y bebieron por más de dos horas antes de usted llegar.

-Pero...

Miré al que estaba adentro del espejo frente a mí y estaba más serio que un chavo de pan viejo. (Sé lo que usted lector está pensando.) No quise mostrarme irrespetuoso. Le di mi Visa. Me devolvió un papelito lo firmé en la parte de abajo de $247.50. Más le solté 20% de propina.

Salí del lugar y más adelante entré por la ruta de regreso y leí un letrero que decía: Desvío. Carretera en construcción. Quise maldecir al Dpto. de Obras Públicas. No lo hice.

Llegué a mi casa ocho horas después de mi despedida, con el taque de gasolina del auto vacío.

Abrió la puerta mi mujer.

-¿Cómo te fue? Me pregunta con una sonrisa de angelita, bien carialegre.

-¡Aburrido!