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Crónicas de mi pueblo

Category: Crónicas de mi pueblo

Nota del Editor: Los relatos que publicaremos en esta sección pertenecen a nuestro escritor villalbeño Juan “Bertin” Negrón Ocasio, quien ha despertado el interés de nuestros lectores escribiendo crónicas que pudieran considerarse “historia evocada” de nuestro pueblo. Unas jocosas, otras vivencias y recuerdos de muchos villalbeños. Esperamos las disfruten.

Por Juan “Bertin” Negrón Ocasio

Baile de Robert

Juan Bertin Negron OcasioLa multitud lo ovacionaba, por mejor decirlo así, los aplausos del público glorificaban su estandarte. Era el más fidedigno de todos los que pasaron por la historia de gente de pueblo: queridos, galardonados en fiestas y algarabía rumbanchera de barrio, de gente humilde.

Marcaba la alegoría del ritmo genuino villalbeño del sabor a gandul y a café prieto, a pasteles de yuca y dulce de coco, a piraguas de tamarindo, a pomarrosa.

¡Quién no recuerda a Robert “La Guinea” no sabe lo que es Villalba!

No conoce el sabor del mango y el ajonjolí. ¡Quién no lo conoció mucho menos sabrá!

No sabe de Fiestas Patronales ni Fiesta del Gandul, no sabe lo que es el sonido de la salsa viajando sin escrupulosidad por la Barceló o la Scharton o la Figueroa o la Muñoz Rivera, no sabe de los alborotosos sonidos de un radio portátil de 12 baterías D, tan largo como un baúl cargándolo en los hombros, rompiéndole el tímpano a los transeúntes, alborotando la tranquilidad pasiva del pueblo.

Qué mucha falta nos hace el ruido de Robert. Qué mucho lo extrañamos en el silencio.

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–Robert, bendito, bájale el volumen. –Le gritaba el guardia municipal.

El sólo le sonreía. Solo sonreía. Sin enojos sin enfado sin ninguna cicatriz de rencor. Y seguía con su descarga musical calle abajo saludando al pueblo.

Nunca se le conoció cóleras, incomodidades ni berrinches, vivía jubiloso su única vida, viajero sin límites de espacio ni tiempo, sin esperanzas, sin servidumbres, como si cada segundo era el último suspiro, el último adiós, el último apretón de mano, la última sonrisa que le quedaba.

Regalaba sin prejuicios sus simpáticas emociones.

Caso omiso el personaje libre y pintoresco le hacía al entorpecimiento de lo absurdo. Todo lo contrario para él, porque con más ánimo, conmovía, invitaba a todos sin decir palabra alguna a la fiesta del jolgorio pueblerino, y todos arrancaban en la odisea sinfónica sin pretextos, sin timidez.

“Las fiestas patronales ya no son las mismas
sin este pueblerino nuestro.”

Creaba revuelo. Alteraba a la multitud con su jolgoriosa habilidad, y gozaba mucho la gente envuelta en sus picardías bulleras y movimientos al estilo peculiar del travoltaso. Y lo palmoteaban de tal magnitud, de forma transcendental, increíblemente exagerada, que tenía que subirse en ocasiones, por pedido popular a la tarima, y allí, los artistas invitados tenían que echarse a un lado, y dar paso, al más grande de todos los personajes típicos de Villalba.

En este pueblo no había Fiestas Patronales sin la presencia valiosa de Robert “La Guinea”, sus pasos y su güiro y su gigantesco radio-móvil eran indispensables. Cargaba su propia orquesta en los hombros. Fundamentales era toda su idiosincrasia si querían gozar de unas verdaderas fiestas de pueblo. Y él gozaba haciendo gozar a los suyos con sus candorosas morisquetas. Las fiestas ya no son las mismas sin este pueblerino nuestro. Su güiro dormita.

Que la gente lo quería, como se quiere al hijo más querido de todos, es decir poco. Iluminaba el pueblo con su sonrisa de niño cariñoso y la gente lo saludaba con más regocijo que como saludarían a esas gentes que se trepan en tarimas con un micrófono a decir cosas de medias verdades y a hacer promesas que se las lleva el aire, o el río crecido, o el tiempo con el olvido.

Era deleitable, fascinante verlo bajar a pie desde Palmarejo con su enorme aparato musical y, como si hubiera ganado un premio de personalidad famosa, estiraba la mano con la humildad que lo caracterizaba, con aquella sonrisa plena, sencilla, contagiosa, para responder al saludo cordial del pueblo que lo vio crecer dentro de todas las fantásticas vivencias terrestres, parlanchín de coloso corazón de guanábana.

Y así mismo entraba a todos los negocios y la gente se paralizaba, dejaban de cumplir con sus responsabilidades por cumplir con el deber de saludarlo.

Y nos dejó el legado de gratitud, de la genuina simpatía, de la gloriosa sonrisa que sana, desinfecta las más terribles de todas las tragedias, la soberbia, y así lo recordamos, lo queremos, lo vanagloriamos. Nos hundimos en la melancolía del recuerdo de sus travesuras. Era un niño vestido en cuero de hombre.

En los recuerdos lo llevamos, encarcelado estará en nuestro corazón siempre, y hemos de regalárselo al mundo, y lo disfrutaremos eternamente con la humildad y el orgullo que nos caracteriza como villalbeños en EL Gran Baile de Robert La Guinea.+

Nota del autor: Entendemos que Don Roberto “Robert La Guinea” González Falcón vive en Estados Unidos con su hermana, Sra. Awilda González.